Ir despacio, estar presente

Tenía que pasar. El miércoles el mundo me dio un aviso. Aunque mi amigo Fer diga que eso es una tontería, que el mundo tiene cosas más importantes que estar mandándome a mi mensajes. Que simplemente pasó. Quizá tenga razón, pero yo a veces creo en estas cosas.

Llevaba un mes trabajando once horas al día. Sin creer yo que eso sea bueno o efectivo. Siendo el defensor de trabajar menos y mejor. Pero compaginar mi trabajo en Rudo con mi nuevo rol de marketing estaba siendo duro, muy duro. Y lo afrontaba echando horas, poniéndome más carga, organizando más reuniones y yendo a toda leche de un lado a otro.

Por la tarde, después de la quinta reunión del día, acudí a la sexta, que era presencial en la oficina de al lado. Por ahorrar un minuto no paré a coger la mochila. Me llevé las cosas en las manos. Hice la reunión, y al acabar pensé que debía aprovechar los cinco minutos de trayecto entre una oficina y otra. Así que cogí el móvil para hacer una llamada, mientras sujetaba con la otra mano el ordenador, la botella de agua y la chaqueta.

Me resbalé en el escalón de arriba y me caí escaleras abajo, dándome un fuerte golpe en la espalda. Quedé consciente, pero aturdido, con un dolor en la parte lumbar terrible y pensando que me había quedado sin movilidad. Del ruido de mis pertenencias volando por los aires, salió una compañera. Me preguntó qué si estaba bien, le dije que no podía moverme del todo y llamó a la ambulancia. Estaba mareado, con sudores fríos, y pensando en lo idiota que había sido por dejarme llevar por las prisas, sin prestar la mínima atención a lo que estaba haciendo en el momento. En el ratito que estuve en el suelo me empecé a encontrar mejor, pero preferí no moverme, por si acaso. En mi mente solo estaba eso que dicen de que si te das un golpe en la espalda es mejor estar quieto. Me llevaron al hospital, me hicieron radiografías y determinaron que por suerte no me había roto nada. Pese a eso no podía andar del dolor. Me llevaron a casa, Fer me arrastró como pudo hasta el sofá, y allí me quede pensando que me podía haber matado. 

Han pasado cuatro días y aunque dolorido ya puedo andar con cierta normalidad. En una semana como nuevo. Pero ¿cuánto tiempo pasará hasta que me olvide? Que yendo rápido no siempre se llega antes o al sitio adecuado. Que encadenando reuniones no hay tiempo para pensar y reflexionar sobre su contenido, y por tanto no se avanza, solo se acumula información. Que a veces hay que parar. Ir despacio. Estar presente.

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